miércoles, 21 de junio de 2017

Tan larga como cola de serpiente

El 12 de abril, al rededor de las 7:00 p.m., un niño fue hallado muerto a cinco cuadras de mi apartamento. Sucedió cuando regrese de pasear a mi perro. A la boca de un callejón estaba el acordonado policíaco, sobre la calle las patrullas, y más atrás las miradas morbosas que se asomaban por encima de los hombros, entre los espacios que había entre los oficiales. Un enorme bullicio sin ritmo sonaba y retumbaba en mis oídos. Sin quererlo pude ver al niño. Los forenses lo habían metido en una bolsa oscura y gruesa y con un cierre por el medio. Pude no haberle visto la cara, pero los detectives asignados pidieron verle una vez más antes de que se lo llevaran a la morgue para la autopsia reglamentaria. No pude distinguir claramente si lo que vi era un juego de sombras o si en realidad las cuencas de sus ojos estaban vacías. De lo que sí puedo dar testimonio es de que se trataba de un niño trigueño de no más de once años y por lo poco que se podía concluir por solamente su rostro, era muy escuálido. Cada vez que recuerdo esa imagen me desconcierta que a pesar de lo brutal que era la imagen yo estuve inmutable, casi indiferente. Nunca he sido de estómago para lo grotesco, ni tampoco soy de los que se pinta como valiente, pero aún así aquella escena no me alteró en lo absoluto. 
A pesar de todo seguí caminando. No habría nada que no se supiera al día siguiente. Por más que me apartaba de la multitud el bullicio seguía resonando,y a ratos se sentía como si aumentará hasta hacerse insoportable y luego disminuía hasta hacerse susurrante, como un eco lejano. No supe en que momento me descuide y solté la correa. Corrió un poco persiguiendo quién sabe qué hasta internarse en una calle estrecha perpendicular a la mía. Y sin motivo se detuvo, fijo la mirada sobre el angosto horizonte y prolongo un gruñido asomando los dientes. Me acerque a tomar la correa y tirarle para que se diera la vuelta pero éste se resistía. Volteé para identificar a que o quien le gruñía pero no divisé absolutamente nada. Pero quizás pude sentir lo que el sentía. La callejuela era silenciosa por completo, los faros apenas si podían ganarle un poco de terreno a la oscuridad de la noche maximizada por las altas paredes. No sé que era lo que allí había pero claramente a Denisse no le agrada y ciertamente a mi tampoco. Me agaché y le acaricié por debajo de la nuca. Tranquilo, muchacho le dije y volví a tirar para que se diese la vuelta y regresáramos por dónde llegamos. Se resistió un poco pero al final cedió. Mientras salíamos de la calle no pude dejar de sentir como si una mirada oculta no dejará de observarme, clavando sus profundas pupilas sobre mi espalda. Viendo inmóvil, paciente, desde ahí, desde las sombras. Volteé por encima de mis hombros algunas veces para cerciorarme de estar realmente sólo. No me importaría si alguien de verdad estuviera en esa calle, después de todo era todavía temprano como para estar las calles desoladas. Lo que de verdad me inquietaba era sentir una presencia invisible que me perseguía con los ojos. Al fin pude salir de aquella calle y sentí de nuevo el soplido del viento, y vi que la calle aún seguía llena y circulante, lo que me relajo a mi un poco, y mil veces al pobre de Denisse que hasta ahí se pudo calmar.  Seguí caminando hasta llegar al edificio. Me detuve en la entrada para ver el correo, no había nada para mi. Llegué a mi piso y abrí la puerta y allí sí que había algo para mi. Sobre el piso había una pequeña hoja doblada. Cuando la recogí me asomé por el pasillo por si aún podía hallar a quién la había puesto por debajo de la puerta, pero no había nadie. Cerré la puerta, colgué las llaves y desdoblé la hoja. La nota decía "Tenga cuidado, Sr Ibañez, que en los bosques aún hay brujas y en las sombras vive el diablo. Tenga cuidado". 





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